Casados por Error
❤️❤️Una noche de copas, una noche loca los lleva a casarse por error.
 Buenovela 

Emma Collins echó un vistazo a su discreto maquillaje. Bajó del auto y caminó hacia el interior de la empresa de su prometido y próximamente su marido. Su relación con Nicholas Fisher, casi le cuesta la relación perfecta con su padre. Michael Collins.
—Señorita Collins —saludó el guardia de seguridad al pie del ascensor.
—Buenos días, Martín —correspondió el saludo con amabilidad.
Así era Emma Collins, amable y sincera.
—¿El señor Nicholas está en su oficina? —preguntó.
Le había llamado antes de salir de la empresa de su familia, quería darle una sorpresa y él había dicho que tenía mucho trabajo y que no se movería ese día de la oficina.
—Sí, claro que sí está.
Emma agradeció y con un semblante más que feliz se dirigió a la oficina de su novio. Nicholas y ella habían sido novios desde que tenían quince años, así que prácticamente solo les faltaba fijar la fecha para la boda e irse a vivir juntos.
Las puertas del ascensor se abrieron, Emma no se sorprendió al no encontrar a Angélica en su puesto, seguramente tenía mucho trabajo y de repente estuvo tentada a volver por donde llegó. No quería interrumpir.
Los ruidos extraños provenientes de la oficina de Nicholas, le hicieron desistir de marcharse y paso a paso se asomó hacia la puerta entreabierta.
—¡¡Nicholas!! —gritó al ver a su novio enterrado en el cuerpo de Angélica, su secretaria y su mejor amiga.
—¡Emma! —gritó apartándose de la mujer y subiéndose los pantalones con prisa.
Angélica se cubrió su cuerpo con las manos antes de correr al baño privado de la oficina.
—Bonita, no es lo que parece —dijo atropelladamente el hombre.
—¿Qué no es lo que parece? ¿Crees que soy imbécil? Sé lo que vi Nicholas y no quiero preguntar cuántas veces lo has hecho a mis espaldas. Pensé que me amabas —dijo luchando para contener las lágrimas que luchaban por abandonar sus ojos.
Su padre se lo había advertido. Le había dicho en más de una ocasión que Nicholas Fisher no era el hombre que ella necesitaba en su vida y no le había creído. Incluso Ryan Black le había dicho que ese hombre era un jugador y tampoco había tenido en cuenta su advertencia. En su lugar le había acusado de meterse en su vida y le había hecho más de una maldad para vengarse de él.
—Te quiero, Emma. Te juro que te quiero, pero siento que no te amo.
Emma lo miró como si lo viera por primera vez, mientras sentía como su corazón se contraía dentro hasta el punto de asfixiarla.
—Escucha nena, podemos intentarlo, podemos casarnos y si no funciona podemos hacer una vida libre. Nuestro matrimonio es un gran negocio, y…
El golpe de una bofetada se escuchó en la oficina y el silencio que le siguió fue sepulcral. Emma miró con un resentimiento tan profundo a Nicholas, como nunca imaginó que podría hacerlo.
—¡Vete al diablo! —gritó enojada antes de girar y marcharse.
Nicholas Fisher maldijo en cuantos idiomas pudo recordar. Sus padres lo matarían si rompía el compromiso con Emma Collins, más cuando ellos estaban a un paso de la ruina.
—Te daré tiempo, bonita —dijo como sí no conociera el carácter vengativo de la joven heredera.
♦—♦—♦♦—♦—♦
—No.
—¿No?
Ryan Black se quedó de piedra al escuchar la respuesta de la mujer y como todo un imbécil repitió la pregunta.
—¿No?
—No. No puedo aceptar tu propuesta de matrimonio Ryan. Tengo planes y mi carrera se proyecta a Europa, lo siento.
Ryan se puso de pie tan lentamente que pareció una eternidad antes de erguirse en toda su altura.
Había pasado mucho tiempo antes de poder fijarse en una mujer y mucho más tiempo en amar. Clarise había sido la excepción, con ella pensó que tendría lo que su amigo tenía. Una familia e hijos.
—¿Estás segura?
—Dame un año, Ryan. Déjame probar suerte en el viejo mundo, es por lo que he trabajado todos estos años, está es mi oportunidad —expresó.
—¿Quieres tenerme en el banco de reserva en caso de fracaso? —preguntó guardando el anillo de compromiso en el bolsillo.
—No voy a renunciar a mi carrera por ti, no ahora. Soy una mujer joven, Ryan —dijo antes de girar sobre sus pies y dejar al hombre con el corazón destrozado.
¿Qué es lo que podía hacer un hombre de cuarenta años tras una ruptura?
¡Exacto!
¡Emborracharse para olvidar!...
La voz femenina irrumpió el silencio sepulcral en la habitación, la joven mujer se llevó una mano a la cabeza.
El dolor era terrible.
—Juro que jamás volveré a beber —gruñó, mientras abría y cerraba los ojos, tratando de adaptarse a la luz que se filtraba por las ventanas.
La mujer trató de recordar lo que había sucedido la noche anterior, pero los recuerdos que le llegaron eran los de su novio con su mejor amiga, teniendo relaciones sobre el escritorio. Jamás hubiese pensado que Nicholas fuera tan poco hombre para engañarla de esa manera.
—Canalla —masculló enfadada.
Se pasó la mano por su rostro y el brillo en su dedo le llamó la atención.
—¿Qué demonios? —preguntó al ver la argolla en su dedo anular. Sin embargo, no le prestó atención porque una voz la distrajo.
—Deja de hablar, la cabeza va a estallarme —se quejó el hombre…
Un momento… ¿Hombre?, pensó Emma y como si su mente embotada hiciera clic se giró para ver el cuerpo sin ropa de un hombre acostado a su lado.
—¿Qué? —gritó lanzando al hombre fuera de la cama.
—¿Qué demonios te pasa? ¿¡Por qué diablos me tiras de la cama!? —gritó enfadado el hombre hasta que se fijó en la mujer en la cama.
—¡¡¡Tú!!! —gritaron al unísono.
Emma Collins jamás en su vida se había sentido tan perdida y nunca se había encontrado sin palabras como en ese momento. ¿Qué diablos hacía Ryan Black en su cama?
—¿Qué demonios? —preguntó Ryan al ver su cuerpo sin ropa y ver a Emma envolverse con la sábana de seda de la cama de hotel.
¡Santo Cristo! ¡Estaba en un hotel con la hija de su socio y mejor amigo!
—¿Qué fue lo que me hiciste, Ryan? —preguntó Emma enfadada.
—¿Qué fue lo que te hice? —preguntó con los ojos muy abiertos—. Pienso que lo mejor sería preguntar ¿Cuál es tu juego esta vez? Chiquilla pervertida.
—¿Qué es lo que me has dicho? ¿Crees que es un juego? Estás loco Ryan Black, ¡jamás en la vida se me habría ocurrido acostarme contigo!
—Pues yo contigo tampoco me acostaría. ¡Primero muerto que tocarte de esa manera! —gritó muy enfadado por la situación.
Ryan no podía creer que Emma fuera capaz de llegar a tanto. En los últimos dos años le había gastado muchas bromas, pero ninguna había rebasado los límites como ahora. Esto definitivamente se salía de control.
Esto rebasaba todas y cada una de las que le había hecho en el pasado y no pensaba tolerar hasta ese punto las travesuras de la muchacha.
—¿A dónde piensas que vas? —preguntó Emma al verlo recoger sus prendas y caminar hacia el cuarto de baño.
Ryan no respondió a la pregunta de la joven y en su lugar cerró dando un portazo que hizo saltar a Emma del susto y mientras él se vestía. Ella lo hizo rápidamente en la habitación.
—¿Qué fue lo que sucedió? ¿Qué fue lo que hice anoche? —se preguntó la joven.
El anillo volvió a brillar al recibir un rayo de luz y la respiración se le cortó.
—No puede ser, no puede ser —se repitió como un mantra, mientras caminaba de un lado a otro.
»—¿Qué fue exactamente lo que hice? —se preguntó de nuevo.
Ella había salido de la oficina de Nicholas furiosa por lo que acababa de descubrir, había apagado su móvil y había manejado hasta uno de los antros de la ciudad donde había pedido una primera copa. ¡Una copa! Una copa a la que le siguieron muchas y luego… luego ella no recordaba nada más.
—Maldita sea, papá va a matarme —sollozó.
—Pues no serás la única muerta, Emma. ¿Me puedes explicar qué es lo que haces en mi cama? —preguntó Ryan saliendo del cuarto de baño. Su rostro estaba mucho más sereno, como si hubiese asimilado que toda la culpa era de Emma y que no era más que otra de sus infantiles bromas.
—No sé lo que hago aquí, te lo juro Ryan. Esto no es algo que planea ¡Eres demasiado viejo para que me gustes de esa manera! —gritó en su defensa.
Ryan asestó el golpe con gallardía. Esa era una de las razones por las que había querido casarse con Clarisa, porque sentía que había llegado el momento de formar su propia familia. Pero jamás esperó que la mujer le dijera «NO»
—No te creo, si lo que quieres es dejarme en mal con tu padre, no lo conseguirás, Emma, voy a llamarle y voy a decirle lo que has hecho. Esto sobrepasa todo lo que te he soportado estos dos años e incluso has sobornado a los gemelos para hacer travesuras. ¡Madura de una vez! —gritó enfadado.
Emma dio un paso atrás al darse cuenta de que ese hombre no era el Ryan que ella conocía, por supuesto que la muchacha desconocía la tragedia reciente en la vida del hombre.
—¡No! ¡Espera, Ryan! —dijo levantando la mano izquierda para mostrar el anillo de compromiso y la argolla de matrimonio que había en su dedo.
Ryan abrió de nuevo los ojos y de nuevo el enfado se apoderó de él. Ese anillo estaba destinado para Clarise y como sea era de ella.
—¿¡Cómo has podido!? ¡Quítate el anillo ahora mismo! —gritó.
—¿No lo entiendes? —preguntó Emma caminando hacia él y tomando su mano izquierda para levantarla a la altura de su rostro.
»—¡Tú también tienes una maldita argolla de matrimonio, Ryan! —dijo casi sollozando.
En aquella habitación únicamente podía escucharse un par de respiraciones agitadas. Dos personas que se enfrentaban en un duelo de miradas antes de mirar hacia la mesa de noche.
Emma fue la primera en caminar y tomar el papel entre sus manos, su respiración se cortó y por un momento quiso pensar que todo esto era una pesadilla, un sueño producto de su borrachera.
—¿Qué es eso? —preguntó Ryan caminando hacia ella y arrancándole el papel de sus dedos.
—¡Jodido infierno!
—¡Es un acta de matrimonio! —gritaron al unísono.
Emma sintió de repente como si un puño le hubiera golpeado en la boca del estómago al comprender lo que eso significaba. Su rostro se tornó pálido y por un momento sintió que iba a desmayarse.
—De todos los hombres con los que pude cometer esta locura, ¿¡Por qué tenías que ser tú!? —gritó sentándose de golpe sobre la cama.
Ryan Black se estaba haciendo esa misma pregunta. De todas las mujeres en el mundo, de todas las mujeres en Nueva York. De todas las mujeres en aquel maldito antro, ¿por qué tenía que sucederle esto con Emma Collins?
—Debe haber un error —dijo sentándose lo más lejos posible de la muchacha.
—¡Nos hemos casado por error! —gritó ella dejándose caer sin ceremonia sobre la cama.
—Casados por error —repitió Ryan cayendo al otro lado de Emma, mientras el rayo del sol hacía que sus argollas brillaran para no dejarles duda de que eran marido y mujer.
Emma estacionó el auto en el garaje y por un momento dudó en entrar a su casa o salir corriendo a cualquier parte del mundo. Cualquier lugar era mejor que estar en Nueva York, en la misma ciudad que Ryan Black, su marido.
—Eres una tonta, Emma Collins, una tonta —se dijo dejando caer su cabeza sobre el volante, preguntándose: ¿Qué es lo que iba a hacer ahora? ¡Estaba casada! Casada con un hombre que era mucho mayor que ella, que no amaba y encima de todo ¡Era el maldito mejor amigo de su padre!
—¡Aaaah! —gritó con frustración, se reclinó sobre el sillón. Nada podía hacer ahora, más que esperar y confiar en Ryan. Él le había dicho que buscaría la oficina donde se había oficiado su matrimonio y buscaría la manera de anularlo.
Emma realmente esperaba que la estupidez que había cometido la noche anterior, no tuviese muchas más consecuencias y lo más importante de todo que su padre no se enterara de lo que había hecho o estaría en grandes problemas.
Con resignación bajó del auto para entrar a su casa. Tenía que ir a la oficina y reunirse con Ryan por la tarde para saber qué es lo que había averiguado.
—Genial, no hay pájaros en el alambre —murmuró al estar en la sala y descubrir que estaba vacía. Quizá su madre había salido con los gemelos y con suerte su padre estaría ocupado en la biblioteca llevando el trabajo de las sucursales en Florida.
Dio un paso y el silencio fue interrumpido por el sonido de su tacón. Resopló y se quitó los zapatos con suerte, nadie se enteraría de que no había llegado a dormir, dio uno, dos y tres pasos hacia la escalera y antes de que pudiera echarse a correr sus intenciones fueron cortadas abruptamente.
—¡Emma Collins!
—Trágame Tierra y escúpeme en Marte —susurró al escuchar la voz de su padre.
—¿Se puede saber dónde dormiste anoche?
Emma cerró los ojos. «¿Por qué tenía tanta mala suerte?», se preguntó.
—¡Buenos días, papi! —gritó girándose y fingiendo una sonrisa y una felicidad que no sentía.
Su corazón martillaba como si estuviera en una carrera de caballos.
—Te hice una pregunta —dijo Michael con seriedad y Emma supo que estaba perdida.
—Tuve una reunión hasta muy tarde ayer por la noche y bebí un par de copas. Sé que me has dicho que no beba, pero en realidad tuve que salvar a tu amigo Ryan de un aprieto, así que…
¿Ryan? ¿En serio era tan imbécil como para venir a mencionarlo en ese precisó momento? «Las copas me han embrutecido», pensó.
—¿Ryan? ¿Qué le sucedió? —preguntó el hombre y Emma sonrió internamente.
—Pues teníamos una reunión con una modelo y al parecer quedó flechada por tu amigo y quiso pasarse de lista, así que me tocó fingir ser su novia, y…
—¿Novia? —Michael estalló en carcajadas al escuchar el cuento de Emma.
—¿Qué tiene de raro? No soy tan malvada con él como tú crees —dijo en tono de indignación.
—Nada, entonces… ¿Qué pasó? —instó Michael a que continuara.
—Ella no quitó el dedo del renglón e invitó a Ryan a una discoteca y tuve que continuar con la farsa de ser su novia, así que terminamos bebiendo de más y pasé la noche con Ryan.
Emma quiso golpearse la cabeza contra la columna al darse cuenta de que estaba prácticamente confesándose ante su padre.
—¿Estás segura de que fue con Ryan? No quiero mentiras Emma, no me gusta para nada tu relación con Nicholas, pero no me gustaría que me mintieras para evitar que me moleste contigo por pasar la noche fuera de casa.
Emma sintió como si le hubiese picado una abeja al escuchar el nombre del hombre responsable de toda la locura que había hecho y dicho hasta ese momento. Su enojo fue tan grande que no tuvo ningún impedimento para decirle a su padre lo que pensaba del muchacho.
—No tienes que preocuparte por Nicholas, nunca más papi. Te aseguro que nuestra relación terminó y es definitiva.
—¿Qué? ¿Cómo qué terminó?
—Creí que estarías feliz con la noticia.
—Cariño, si es por mí, no lo hagas. Yo puedo no quererlo, puede no gustarme para ser tu novio, pero si lo amas…
—Él no es el hombre que creí que era. Tenías razón, solamente es un inmaduro que no sabe ni lo que quiere. Así que no te preocupes, papá, no lo hice por ti —dijo girándose sobre sus pies. Tenía unas ganas inmensas de llorar y no podía hacerlo sin echar por tierra lo que acababa de decirle a su padre.
—¿Estás segura, cariño?
—Completamente, papi. Ahora tengo que dejarte, debo asistir a una reunión antes del mediodía y es posible que hoy también llegue tarde. Tengo que reunirme con Ryan para discutir los nuevos contratos para las modelos que estarán trabajando en la nueva campaña el próximo mes.
—Por supuesto, no te olvides de desayunar, mi princesa —dijo dándole un beso en la frente y antes de que Emma pudiera escapar. Michel agregó—: Invita a Ryan a cenar esta noche, tengo algo que comunicarles y como tal parece que están llevándose bien, considero que esto va a gustarles.
Emma asintió y no se atrevió a preguntar, corrió hacia su habitación y una vez en la seguridad de las cuatro paredes de su recámara se dejó caer al suelo y lloró.
La muchacha no podía explicar todo lo que estaba sintiendo, las imágenes de Nicholas con Angélica herían de nuevo su corazón.
No comprendía la razón por la que ellos la habían traicionado. Él era su novio desde hacía cinco años y Angélica era su amiga. Incluso el trabajo de secretaria se lo había conseguido ella, había hablado con Nicholas dos años atrás para que le diera un puesto en su empresa.
—¡Tonta! Eso es lo que soy por no haberme dado cuenta de lo que ocurría entre ellos —masculló limpiando sus lágrimas con brusquedad.
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—¿¡Qué es lo que estás diciendo!? —Nicholas se encogió al escuchar el grito de su padre.
—Emma y yo decidimos darnos un tiempo —repitió. Él jamás aceptaría que le había sido infiel o su padre lo molería a golpes.
—¿Estás loco?
—No papá, no estoy loco. Pero no puedo negarme cuando ha sido ella quien me ha pedido un tiempo. Tiene mucho trabajo y yo…
—Y tú harás que ese tiempo solo dure horas, ¿me estás escuchando?
—Te he escuchado muy bien, papá, sin embargo, quiero que comprendas que no pienso presionarla. Le daré el tiempo que ella necesita.
—¡Y una maldita, Nicholas! Ella podrá tener todo el tiempo del mundo. Todo el puto tiempo que quiera una vez que se convierta en tu esposa y firme un contrato matrimonial que te permita acceder a su dinero.
—No tengo prisa por casarme, papá. Solamente tengo veinte años ¡No he vivido mi vida porque tú quieres vivirla por mí!
El sonido de la bofetada se escuchó en la sala de la familia Fisher. Nicholas miró a su padre con resentimiento.
—Y no tendrás vida que vivir, si no te casas con Emma Collins. Estamos arruinados…
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Ryan dejó caer la carpeta sobre su escritorio y se sentó en su silla mirando a la ventana y preguntándose ¿en qué momento se fue todo a la m****a? Él no podía recordar nada de lo ocurrido la noche anterior, había estado rompiéndose la cabeza durante toda la mañana, pero lo único que venía a su mente era el momento que Clarise le había dicho que no.
No obstante, esa no era su mayor preocupación en este momento. Lo era lo que había hecho por culpa de ese «No». Estaba casado legalmente con la hija de su mejor amigo, con la chiquilla que se había pasado los dos últimos años de su vida tratando de enloquecerlo con su comportamiento loco e infantil.
Emma era inteligente, no podía negarlo, no pondría en tela de juicio su desempeño en el trabajo, pero fuera de la oficina era otra cosa. Los tres toques a la puerta le hicieron girarse para decir:
—Adelante.
Emma entró como si fuera un ciclón en busca de destrucción, podía adivinar fácilmente su estado de ánimo y no era mejor que el suyo.
—¿Conseguiste la oficina dónde cometimos el error de casarnos? —preguntó apenas se sentó.
—Sí, el acta de matrimonio fue firmada cerca de la medianoche.
—¿Qué? ¿Estás bromeando? ¿Qué oficina haría eso a esa hora? —preguntó pensando que a lo mejor solo había sido una broma.
—De hecho, Emma. Nos casamos en el antro.
—¡Estás loco! ¿Cómo que en el mismo antro?
—Pues al parecer es una actividad que el lugar organizó para realizar bodas rápidas para quienes quisieran dar el paso sin reflexionar mucho sobre eso, y justo ahí entramos nosotros. El documento es legal —dijo empujando el sobre hacia Emma.
—No podemos tener tanta mala suerte —dijo mientras abría el sobre.
Emma comprobó los sellos y las firmas. En efecto, esa era su firma original, quizá un poco torcida debido a su estado de embriaguez, pero era su jodida firma estampada en el acta de matrimonio.
—Pues podemos estar más jodidos, bonita —expresó Ryan con un suspiro.
—¿Qué puede ser más jodido que estar casados por culpa de unas muchas copas?
—El contrato matrimonial que firmamos.
—¿Contrato?
—Sí, no podemos divorciarnos —dijo Ryan con pesar.
—¿Cómo que no podemos divorciarnos? Estás loco, en el estado de embriaguez que estábamos, dudo mucho hasta que hayamos consumado la noche de bodas —dijo de manera abrupta.
Ryan la miró como si fuera una extraterrestre, antes de maldecir para sus adentros. Hasta ese momento él no había pensado en la posibilidad de haberse acostado con Emma.
—Pues no sé si consumamos o no la noche de bodas. Lo que sí sé es que no podemos divorciarnos en los siguientes tres años. Quién solicite el divorcio tendrá que pagar una cifra millonaria.
—¿A quién fue el imbécil que se le ocurrió algo como eso? —preguntó enfadada.
—A ti…
Emma abrió y cerró la boca por varios segundos y no fue capaz de emitir un solo sonido.
—No hay nada que podamos hacer, Emma. Estamos atados de pies y manos —dijo Ryan.
—Tienes que encontrar una manera de divorciarnos, Ryan. ¡Por Dios, tienes novia! —gritó Emma haciendo que el corazón del hombre se encogiera.
—No soy especialista en divorcios, Emma. En los últimos años me he dedicado a otra rama de mi profesión y de todo lo que puedo hablarte es de contratos y es por esa razón que te digo que no podremos hacerlo. Cualquiera que solicite el divorcio debe pagar la sanción al otro.
—No importa, estoy dispuesta a pagar lo que sea necesario, Ryan. Papá va a matarnos —dijo levantándose de la silla y caminando de un lado al otro en la oficina.
—No necesariamente debe enterarse, Emma. Podemos mantener en secreto nuestro absurdo matrimonio y esperar a cumplir las cláusulas del contrato.
—¿Pretendes mentirle por tres largos años?
—¿Tienes una idea mejor? —preguntó poniéndose de pie—. Porque sinceramente yo no.
—Déjame pensar, quizá si le hablamos con la verdad, él pueda encontrar una manera de…
—¿Y qué piensas decirle sobre nuestra noche de bodas? Ni siquiera recordamos lo que pasó entre nosotros, Emma. Y, ¿sí estás embarazada?
La muchacha se sentó de golpe al escuchar las palabras de Ryan. Ella sinceramente no había pensado en las consecuencias de aquella noche y mucho menos llegar a pensar en… ¿Un bebé?
—Debemos esperar unas semanas y si comprobamos que no hay bebé a bordo, entonces veremos qué podemos hacer. Ahora lo mejor será que te saques la argolla y el anillo de compromiso.
Emma levantó su mano, ni siquiera se había dado cuenta de que los traía puesto, como si fuera algo ya suyo. Pero como no lo era; se quitó la argolla rápidamente, sin embargo, no tuvo el mismo éxito con el anillo de compromiso. El bendito anillo se le había atorado.
—¿Cómo diablos lo metiste? —preguntó Emma y al darse cuenta de su pregunta añadió—. Quiero decir el anillo.
—Pues no tengo idea, ¡no recuerdo nada de lo que hicimos! —exclamó mientras él intentaba retirar el anillo del dedo de la muchacha.
—¡Deja! Me haces daño. Intentaré quitármelo al volver a casa. Por cierto, papá te ha invitado a cenar esta noche.
—¿A cenar?
—Sí, dijo que tenía que hablar con nosotros sobre algo importante, no le presté mucha atención, así que ya sabes —dijo Emma apartando la mano de Ryan.
—Bien, entonces allí estaré.
—Por cierto, le dije que pasé la noche contigo, y…
—¿Te volviste loca? ¡Por Dios, Emma! —Ryan sentía que un día de esos la niña iba a provocarle un infarto.
—Pues no, pero tampoco le dije mentiras. Él me preguntó y yo respondí. Le dije que había fingido ser tu novia para salvarte de una loca modelo que se había prendado de ti y que te invitó a un antro. No creo que te pregunte sobre eso, pero si lo hace ya sabes qué decir. Te veo en casa esta noche —dijo al salir de la oficina de Ryan.
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Emma caminó a su oficina con miles de pensamientos en su cabeza. La más preocupante era la posibilidad de haber consumado su noche de bodas con Ryan y que como consecuencia quedara embarazada.
«¿Será posible que a Ryan aún le funcione? Papá y mamá no han tenido más niños luego de los gemelos», pensó.
Quería suponer que Ryan ya no era capaz de levantar pasiones, de lo contrario no dormiría en las siguientes semanas hasta saber si estaba o no embarazada.
—Emma…
La voz de Nicholas le hizo detenerse abruptamente.
—¿Quién te dejó pasar? —preguntó al verlo sentado en la silla detrás de su escritorio.
—Somos novios, casi prometidos.
—¿De verdad? —preguntó Emma aferrándose con fuerza al contrato matrimonial en sus manos.
—Emma, no quiero pelear contigo y mucho menos terminar nuestra relación por un error. Angélica y yo no somos nada en realidad. Fue un momento de debilidad. Quizá fue porque te has negado a consumar nuestra relación. Soy un hombre joven, y tengo necesidades que si mi novia no es capaz de cumplir…
—¿Estás culpándome por tu traición? No puedo creer que seas tan cínico y encima que te agarré con los pantalones abajo y tu cosa enterrada en Angélica. Tengas el descaro de decir que es mi culpa.
—Me equivoqué, Emma, por favor, perdóname. Te prometo que no volverá a ocurrir, es más, despediré a Angélica si eso te hace feliz.
—¿Quieres hacerme feliz?
—Sí, te juro que viviré para hacerte feliz —respondió Nicholas poniéndose de pie y dibujando una sonrisa sexi en su rostro.
—Lo único que puede hacerme feliz es que te largues de mi oficina y no vuelvas jamás.
—¿Qué? —Nicholas palideció al escuchar las palabras de Emma.
—¡No puedes estar hablando en serio! Cualquiera se equivoca, Emma. Ninguno es perfecto.
—Estoy de acuerdo contigo, pero te recuerdo que tú solamente me quieres; sin embargo, no me amas y yo no soy una mujer a medias. Arriesgué la relación perfecta que tengo con mis padres por ti, que ni siquiera vale la pena. Lárgate y no regreses porque la próxima vez te aseguro que no pasarás de la primera puerta —Emma abrió la puerta de la oficina para que Nicholas saliera, pero el hombre permanecía petrificado delante de ella.
—No puedes hacerme esto y no lo harás. Hablaré con tus padres y le diré que hemos consumado nuestra relación y que te niegas a casarte conmigo —dijo como último recurso.
—No me importa lo que hagas, Nicholas, y por favor, sal de una m*****a vez de mi oficina que no tengo tiempo —pidió.
—Me iré, pero te aseguro que volveré. Tú me amas —dijo saliendo de la oficina como si el diablo le pisara los talones.
Nicholas no podía pensar en otra cosa que no fuera la amenaza de su padre y la verdad que caía sobre sus hombros como losas. Estaban en la ruina y solamente la fortuna de los Collins podía salvarlos.
Entre tanto, Emma tuvo que sentarse por temor a caer de bruces. Ella nunca llegó a creer que el amor podía doler tanto. Había perdido y desperdiciado cinco años de su vida, cinco años invertidos en un hombre que no valía nada. Un hombre que pensaba que podía engañarla, acostarse con otra y venir a decirle que simplemente se equivocó.
—¿Emma? —Ryan no pudo evitar escuchar los sollozos que salían de la oficina de la muchacha. Lloraba tanto que su corazón se agitó.
Sabía que la cuestión de su matrimonio no era fácil y debió suponer que para Emma era mucho más difícil de llevar y aceptar. Ella estaba perdidamente enamorada de Nicholas, el mocoso del demonio que solamente quería tenerla como un trofeo y convertirla en su benefactora.
—Ryan —susurró Emma.
Lo último que ella podía imaginarse era tener a su esposo viéndola llorar por su novio. Que loco se escucharía decirlo en voz alta. Nadie sabía, nadie debía saber.
—¿Estás bien? —preguntó sin atreverse a tocarla.
Esta situación era mucho más rara que siempre. Ellos peleaban y discutían por todo y por nada, pero ver a Emma llorar era sin duda una de las cosas que jamás disfrutaría.
—Sí, estoy bien. ¿Ya te vas? —preguntó luchando porque el sonido de su voz fuera claro.
—Sí, voy a llevarle algunos documentos a tu padre sobre el proyecto de Miami que me ha solicitado hace unos minutos, ¿vienes? —preguntó.
Emma negó.
—Ve adelantando los papeles para mi padre, yo pasaré por una botella de bebida para mi madre —dijo para ganar tiempo y recomponerse.
—De acuerdo, entonces… ¿Amigos? —preguntó.
Emma miró la mano extendida hacia ella y por un momento dudó en aceptar aquella tregua, pero por un bien mayor debían intentar por lo menos llevarse mejor.
—Amigos —dijo estrechando la mano masculina.
Ryan salió de la oficina y minutos más tarde, Emma hizo lo mismo.
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