OBSESIONADA. El guardaespaldas de mi prometido
"Por favor, dámelo". Suplico mientras su lengua sale disparada, deslizándose entre mis resbaladizos pliegues.
 Buenovela 

—¡Es mi hermanastra y nada más! ¡Mi hermana es Asli, y no voy a permitir que la uses para esto! ¡Ella se merece ser feliz! —sentenció Astor.
—¿Y Marianne no se merece ser feliz? —Su padre, Hamilt Grey, siempre la había defendido, aunque cada vez con menos fuerza.
—¡Lo que se merece es ayudar a esta familia, y para ser claros, ella no aporta nada! ¡Yo trabajo como desesperado en la empresa, Asli hace lo todo en el departamento de publicidad convenciendo a esos del gobierno para que nos den contratos! ¿Y Marianne qué hace?
—¡Astor, por favor! Ella también es mi hija…
—Se lo decimos claramente —siseó—. La sientas y le dices: «Marianne, la empresa va mal, en el último año no hemos conseguido ni un solo contrato con el gobierno y somos contratistas militares, fabricamos armamento. Y la empresa está a punto de quebrar.»
Marianne arrugó el ceño, espantada, y se asomó con cuidado a aquella puerta, viendo cómo su padre clavaba la mirada en el suelo.
—Es que ella no tiene nada que ver con eso…—murmuró.
—¡Pues claro que tiene que ver! Tenemos que conseguir un contrato de inmediato, y el ministro de Defensa nos ofreció un acuerdo —sentenció Astor—. El mejor contrato del año a cambio de que se cases con su hijo.
¿Qué significaba eso? ¿Astor quería casarla con un desconocido a cambio…? ¿¡A cambio de un contrato para empresa!?
—No es justo para Marianne —declaró su padre con impotencia
—¡Lo que no es justo es que nos quedemos en quiebra! —escupió su hermano y Marianne corrió escaleras arriba para que nadie la viera.
Ni siquiera se acordó de comer. Pasó la noche sin poder dormir, caminando de un lado a otro de su habitación. No se atrevía a bajar y encarar a su padre y a su hermano para que le dijeran que iban a venderla para salir de sus problemas.
—Mi padre no me haría eso… —murmuró con desesperación—. Él no lo haría ¿verdad?
Ser la hija ilegítima de Hamilt Grey siempre había sido un estigma en la vida de Marianne, o al menos desde que lo había sabido. Su madre había muerto cuando ella solo tenía once años, y poco después se había aparecido aquel hombre diciendo que era su padre y que la cuidaría.
El problema era que Hamilt Grey ya tenía una esposa y dos hijos mayores que ella, que jamás le habían permitido olvidar que había sido producto de la aventura y la traición de su padre.
Al día siguiente Marianne salió temprano de la casa, procurando que nadie la viera, para ver a su mejor amiga Stela. Fue la única persona que le podía contar.
Pero antes de que Stela hablara, Marianne empezó a llorar.
—Nunca puedo encontrarlo, me voy a casar con un desconocido. Nadie me va a salvar esta vez. ¿Dónde está, mi dios? —
Stela quería consolarla, pero no sabía cómo. Supo que Marianne fue secuestrada cuando era niña, y fue salvada por un soldado musculoso y guapísimo como un dios griego, bueno, según lo que dijo ella. Desde entonces, ella estuvo obsesionada a él e hizo todo para saber quién era. Incluso en el sueño, quería volver a verlo, aunque no lo había podido realizar durante tantos años.
El día pasó en llantos y silencios. Al final, sin otro remedio, Stela decidió ayudar a su amiga para escapar de la familia tóxica y posiblemente podría empezar la aventura de la búsqueda del dios misterioso.
Ante todo, Marianne tuve que volver a casa para coger las cosas, pero jamás esperó lo que la estuvo esperando en casa…
—¿Qué…? ¿Qué es esto…? —murmuró viendo que el salón principal de la casa estaba perfectamente adornado.
—Tenemos una recepción —declaró sin mirarla Heather, su madrastra—. Ve a cambiarte que los invitados están a punto de llegar.
—¿Una recepción? —Marianne arrugó el ceño—. ¿¡Una recepción con quién!?
Heather, su madrastra no era de las que se molestaba en esconder el odio que sentía por ella, así que solo se le quedó mirando como si fuera una cucaracha.
—De los socios de tu padre. Ve a cambiarte, todo el mundo tiene que estar en la cena —sentenció.
Marianne se fue a su habitación y se detuvo al ver el vestido que había sobre su cama. ¡Era nuevo! ¡Y eso era muy malo!
Marianne siempre había heredado lo que Asli no quería. Por más dinero que tuviera su padre, Heather siempre lo convencía de que era estúpido gastar dinero de más si las chicas podían compartir la ropa, aunque realmente aquel «compartir» más bien eran las sobras de Asli.
¡Pero aquel vestido era completamente nuevo y para ella!
¿Recepción, cena? ¡Nada de eso! Cuando Marianne vio aparecer al ministro de Defensa, supo que Astor ya la había vendido por ese contrato.
¡Ni siquiera iban a preguntarle! ¡Iban a casarla sin importarles su opinión!
¡Aquello no era una recepción! ¡Era una fiesta de compromiso!
Marianne sentía que le sudaban las palmas de las manos y se le secaba la garganta. En la puerta su madrastra recibía a todos con su sonrisa falsa de siempre y cuando la muchacha miró a su padre, solo vio una resignada tristeza en sus ojos.
¡Lo iba a permitir! ¡Su padre lo iba a permitir!
Se dio la vuelta para salir de aquel lugar cuando casi se dio de bruces contra el cuerpo desgarbado de su hermano.
—¡No! —le gruñó con fiereza y Astor arrugó el ceño.
—«No» ¿qué?
—¡No voy a permitir que me cases con nadie! ¡Yo no soy uno de tus artículos de inventario!
La mandíbula de Astor se tensó visiblemente al darse cuenta de que Marianne conocía sus planes.
—Vamos al despacho, no voy a permitir que hagas escándalos aquí.
—¿Qué sabes? —escupió su hermanastro pareándose frente a ella con gesto amenazante.
—¡Que me quieres casar con un tipo solo para conseguir un contrato para la empresa! —respondió Marianne con los dientes apretados.
—No es cualquier contrato, lo necesitamos para salvar la empresa —le gruñó Asli.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —le reclamó Marianne y su hermanastro se rio con desprecio.
—¡Escúchame muy bien! El ministro quiere que te cases con su hijo, y te vas a casar incluso tenga que llevarte amarrada a ese altar.
—¿Y por qué tengo que ser yo…?
—Pues a él le da lo mismo que seas tú o quien sea —gruñó Astor—. Pero necesitan una esposa para tapar la porquería de su hijo, que al parecer es gay.
Y Astor decía «al parecer» para no morderse la lengua con la mentira, porque los rumores en la calle no hablaban de su gusto por los hombres sino de su violencia, incluso decían que había echado a una de sus amantes por una ventana.
Su hermanastra se contoneó mientras caminaba hacia ella y sonrió con desprecio.
—No te queremos en esta casa y papá no va a defenderte. No te quiere, nunca te ha querido, y ya se le está acabando hasta el sentido de obligación que tiene contigo. Así que o te casas con el hijo del ministro, o te largas de esta casa de una buena vez, ¡porque nosotros ya no mantenemos vagos!
—¡Tienes cinco minutos para que se te pase el drama y regresar al salón! ¡O te juro que lo vas a lamentar, mugrosa!
En cuanto la puerta se abrió, Marianne salió corriendo como si el diablo la estuviera persiguiendo. Se encerró en su habitación y abrió su closet. El instinto de supervivencia la hizo llenar una bolsa pequeña con las cosas indispensables para ella, sobre todo los recuerdos de su madre y su cuaderno de dibujo de su musculoso salvador.
Bajó las escaleras, y por suerte cuando fue descubierta por su hermanastro, ya estaba alcanzando la puerta.
Marianne le enseñó los dos dedos del medio antes de levantarse la falda del vestido y salir corriendo.
—¡Marianne! —gritó Astor—. ¡Marianne!
—¿Algún problema? —preguntó un hombre con cara de engreído, que venía llegando; y que Astor enseguida identificó como el hijo del ministro de Defensa.
—Sí, Benjamin, tu novia se está escapando —siseó Astor.
Benjamin Moore se giró con aburrimiento hacia un hombre que venía tras él.
—¡Tráela! —le gruñó a su guardaespaldas—. Preferiblemente entera.
Gabriel Cross puso los ojos en blanco y suspiró con fastidio cuando escuchó aquella orden: «Tráela», como si fuera un sabueso de presa.
—Su número de teléfono —siseó.
—¿Y yo cómo voy a saber su teléfono? —rezongó.
—Pues a menos que me des algo que rastrear, no soy psíquico —le gruñó Gabriel—.
Antes de que pudiera contestar, Astor tomó el celular y grabó el número de Marianne. Gabriel les dio la espalda y salió del salón mientras Astor achicaba los ojos.
Envió el número por un mensaje a un amigo y luego marcó a ese mismo teléfono.
—Max. ¿Tienes un momento? —
—Para ti siempre, Gabo —respondió su amigo—. ¿Qué necesitas?
—Acabo de mandarte un número, necesito rastrearlo.—murmuró Gabriel saliendo al tráfico de la ciudad—. Es la novia malcriada del estúpido que estoy cuidando, y se le ocurrió la brillantísima idea de escaparse de la fiestecita de compromiso.
—Veo que sigues siendo un hombre muy elocuente —se burló Max y Gabriel lo escuchó teclear a toda velocidad.
—Ya sabes que cuando me sacan de quicio, a malhablado no me gana nadie. ¿Tienes la dirección? —preguntó.
—Todavía se está moviendo, pero estoy mandándote el programa de rastreo, parece que va hacia el centro de la ciudad.
—Recibido. Te llamo luego. —Gabriel le agradeció antes de colgar.
El guardaespaldas aceleró la camioneta y en pocos minutos se estacionaba frente a un edificio de departamentos en el centro de la ciudad. Cuando alzó la vista, vio a ella en su vestido fabuloso corriendo a la entrada de un edificio, pero lo que llamó la atención de Gabriel no fue precisamente la muchacha, sino ese sexto sentido que lo puso alerta al ver a un hombre cerca de ella.
Se bajó a tiempo para ver cómo aquel hombre arrinconaba a la chiquilla perdida contra una pared, y ponía entre los dos una navaja.
—¡Dame todo lo que tengas! —exclamó por lo bajo aquel hombre mientras la muchacha palidecía y casi comenzaba a temblar
—¿Qué cosa? —Se escuchó una voz ronca y enojada y una mano se cerró como una prensa sobre esa muñeca que sostenía el arma.
El asaltante trató de girarse y apuñalarlo, pero el metro noventa y uno de Gabriel Cross solo se echó hacia adelante con rabia y su frente golpeó en la cabeza del hombre, haciendo que cayera al suelo.
Gabriel lo vio levantarse y su entrenamiento salió a flote en un instante. Esquivó el primer amago de la navaja y su antebrazo hasta el codo chocó con él, mandándolo al suelo de nuevo.
—¡No te levantes porque te juro que te va a tener que recoger una ambulancia!
—¡Yo te lo advertí! —siseó, pero cuando se giró por el sonido, lo que tenía delante de él era una chica que temblaba con los ojos llenos de lágrimas; y Gabriel Cross no supo por qué, pero su primer instinto fue inclinarse frente a ella y sonreírle.
—Tranquila, chiquilla, ya estás a salvo…
—¡Por favor no me toques…! ¡No me toques…! —suplicó porque no quería tener con él esa reacción horrible que ocurría cada vez que alguien la tocaba.
—¡Oye, oye! ¡¿Sí sabes que el malo es ese, verdad?! —gruñó Gabriel señalando al hombre desmayado en el suelo—. ¿No se nota que acabo de salvar tu ilustre trasero de princesa consentida?
Marianne abrió los ojos y se quedó mirándolo estupefacta y sentía que no podía respirar. ¡Era él! ¡El hombre que la había salvado estaba frente a ella! ¡Su musculoso dios salvador!
Pero cuando lo vio inclinarse y decirle aquellas palabras que parecían tan simples: «Tranquila, chiquilla, ya estás a salvo…», todo su mundo pareció colapsar.
—¿Tú…? ¿Tú sabes quién soy…? —murmuró con los labios temblorosos.
—¡Por supuesto! Marianne Grey, hija de Hamilt Grey, la nueva prometida del hijo del ministro —recitó Gabriel y todo el brillo en los ojos de Marianne desapareció en ese instante.
—¿Solo… solo eso? —balbuceó y él arrugó el ceño.
—¿Hay algo más que debería saber? —gruñó y Marianne bajó los ojos, decepcionada, comprendiendo que él no se acordaba de ella, solo repetía su nombre como el de cualquier otra persona que hubiera estudiado en un archivo.
Sintió que su corazón se encogía de dolor, ella había pensado en él cada día de cada semana, de cada mes, de cada año durante los últimos ocho años… y él no debía haber pensado en ella ni una sola vez cuando no la reconocía.
—Tú… ¿qué haces aquí…? ¿Cómo te llamas? —preguntó Marianne limpiándose las lágrimas.
—Mi nombre es Gabriel Cross, soy un guardaespaldas. Me pidieron que te encontrara y te llevara de regreso a la casa de tu padre.
Marianne pasó saliva y achicó los ojos, mientras la emoción de conocer a su ídolo desaparecía.
—¿A la casa de mi padre? ¿Para qué? —gruñó precavida.
—Pues eso debes saberlo tú mejor que yo, ¿no? —dijo Gabriel mientras le indicaba hacia la camioneta con un gesto de autoridad—. ¡Vámonos!
—¡Vete solo! ¡Yo en eso no me subo! ¡Y no pienso regresar! —le espetó haciendo acopio de valor y lo vio ponerse rojo de la frustración
—¡Oye, niña! ¡Tu hermano me dijo que te llevara…!
—¡Me importa un cuerno! —En aquel justo momento Marianne no sabía si le molestaba más que él la hubiera olvidado, o que trabajara para su hermano.
—¡Mira chiquilla! ¡No tengo mucha paciencia y todavía no ha nacido el hombre que me desobedezca, menos una princesa como tú! ¡Así que te subes a la camioneta, o te juro que te amarro al parachoques y vas a ir corriendo detrás de mí desde aquí hasta tu casa! ¡Súbete! ¡Ahora!
Marianne lanzó tres maldiciones peores de las que él decía, pero subió al asiento del copiloto de aquella camioneta porque de repente algo más le cruzó la mente. «¡Es él!»
¿Qué importaba si trabajaba para su hermano? ¡Lo tendría cerca! ¡A él! ¡Su sueño de ocho años hecho realidad!
—¡Oye! ¿estás bien? —preguntó Gabriel cuando la vio sentarse de lado e inclinarse hacia él con los ojos brillantes
De repente ella había perdido todo el espíritu de batalla y lo miraba con cara de cachorrito perdido… ¡Pero muy perdido! ¿¡Eh!?
—Me salvaste —murmuró Marianne.
«¿Qué le pasa? ¡Es super bipolar!» pensó Gabriel mientras aceleraba y volvía a mirarla casi con miedo.
—¡No, no, no! ¡Yo no hice nada! —aseguró tratando de restarle toda la importancia—. Solo le di un cabezazo a un tipo. ¡Eso definitivamente no cuenta como salvar!
—Me gustas mucho —sentenció Marianne y aquel gigante de uno noventa estuvo a punto de ponerse a toser y la miró con ojos muy abiertos: ¡era una cachorrita perdida loca de remate!
—OK, OK… supongo que… es lindo agradarte… ¿Sí? Muy lindo… pero no te me vas a restregar contra una pierna ¿verdad?
Marianne sonrió. Él no podía entenderlo porque no la recordaba, pero para ella, que había pasado tanto tiempo pensando en él, era imposible no estar feliz solo por el simple hecho de tenerlo delante.
—Sé sincera conmigo… ¿qué tan loca estás? —preguntó Gabriel mirándola por encima de los lentes oscuros y ella solo sonrió con picardía.
Era exactamente como lo recordaba, aunque con la barba más tupida y pequeñas arrugas de preocupación en la frente. Estaba a punto de bajar la vista y observar el resto de aquella mole que era su cuerpo, cuando él frenó de golpe.
Marianne miró alrededor, ni siquiera se había dado cuenta de que ya estaban en la casa, y su cuerpo volvió a tensarse.
Gabriel le abrió la puerta y tuvo buen cuidado de escoltarla por la parte trasera de la casa, porque estaba casi seguro de que iba a terminar haciendo un escándalo.
Astor hizo un gesto de rabia cuando la vio llegar, pero apenas se acercó a Marianne cuando la figura imponente del guardaespaldas se situó tras ella. La mirada del hombre era tan hosca que Astor retrocedió.
—A la biblioteca —siseó y Marianne caminó frente a él.
Así que caminó con determinación detrás de ellos y cuando vio a Benjamín y al señor ministro dentro de la biblioteca, se sintió plenamente justificado para entrar.
Mientras, Marianne se tranquilizó un poco al ver que su padre la esperaba.
—¡Papá! Dime que no vas a consentir esto… —dijo acercándose con un gesto de impotencia—. ¡Astor me quiere casar con un hombre que…!
Pero el corazón de Marianne terminó de destrozarse cuando su padre esquivó su mirada y respondió:
—La familia necesita esto. Tienes que casarte con Benjamín…
Marianne retrocedió y Gabriel la vio apretar los puños.
—¿¡Por qué!?¡No me voy a casar con él!
—¡Basta, Marianne! —rugió su padre con un tono que a ella la dejó petrificada—. ¡Basta de faltas de respeto! ¡El señor ministro necesita un favor y nosotros necesitamos otro! ¡Tu hermano tiene razón, todos tenemos que aportar a esta familia, tú más que nadie…!
—Cásate con Benjamín, ayúdalo… no tiene que ser para siempre… —murmuró su padre, pero lo que no decía era que aquel contrato del Ministro iba a durar tanto como su matrimonio.
—Pensé que de verdad eras diferente —siseó Marianne con desprecio—. Pensé que lo habías mandado a buscarme porque estabas de mi parte —gruñó señalando a Gabriel
—¿Mandarlo? Yo no lo mandé —dijo su padre—. Ni siquiera lo conozco.
Marianne hizo un gesto de sorpresa y se giró hacia Gabriel, pero fue Benjamín quien se adelantó.
—Yo fui quien lo mandó. Es mi guardaespaldas —le dijo y la muchacha sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
—¿Cómo…? ¿Eres guardaespaldas de este? —gruñó con rabia mirando a Gabriel
—Mi trabajo es proteger al hijo del Ministro —replicó Gabriel, incómodo porque ella lo increpara delante de todos.
Sentía tanta rabia que apenas podía controlarla, sus hermanos eran unos sinvergüenzas, su padre un oportunista y su héroe se le estaba desmoronando.
Miró a Benjamín, que tenía una cara de depravado que no podía con ella, y luego se giró hacia el ministro de Defensa porque se notaba que el único que tenía poder para decidir era él.
Sin embargo, cuando todos estaban esperando más tramas de ella, habló de lo contrario.
—Ya que se ha tomado tantas molestias para traerme, y necesita tanta ayuda, se la voy a dar. Me voy a comprometer con su hijo.
La sorpresa inundó los rostros de todos.
—Me voy a comprometer con su hijo… con una condición —
Y al parecer el ministro estaba desesperado porque asintió sin dudarlo.
—La que sea.
Marianne levantó una mano y apuntó a un lado, señalando al guardaespaldas.
—Lo quiero a él.
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